3. De cómo Job tuvo un sueño

Eran tiempos donde no solo el sol iluminaba:
nosotros y la tierra también lo hacíamos.
Era un brillo que plagaba nuestros cuerpos,
de eso, ha pasado mucho tiempo…

Esa misma noche soñe.

En frente de mí apareció un árbol,
era enorme, y estaba plagado de espinas.
Su magnitud me hizo anhelar,
y por un momento pensé que era yo un sueño de él.

En la punta vi un cuervo,
que posaba sobre su rama más alta;
no se movía, no emitía ningún ruido.
Me recordaba a alguien.

Me acerqué al árbol
y delicadamente toqué una de sus espinas.
Se transformó en un clavo,
un frío, delgado y punzante metal.

Me atravesó la piel,
pero no se detuvo:
ingresó en mi cuerpo.
Traté de sacarlo,
pero la herida había desaparecido.

En ese momento desperté -nuevamente-.

Por lo menos creí hacerlo.
El árbol había desaparecido, mas no el clavo.
Lo sentí dentro de mí,
recorriendo mi brazo, lenta y dolorosamente.

Fue la primera vez que sentí dolor
desde que desperté cerca del abismo.
Me siguió, vivió conmigo,

y atestiguo junto a mí el fin del mundo.

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