Una mañana.

Él veía la luz.
Mientras trabajaba en ese pequeño cuarto,
creaba complejas escenas con los colores que le brindaba el ambiente.

Los sonidos.
Veía con cada palabra una cascada interminable de azules, de rojos, de amarillos;
veía colores que probablemente no existían,
no creados en sus ojos sino en su mente…
¿O en su espíritu?
Los saboreaba, cada uno con identidad propia.
Los recordaba, eran imágenes tan vívidas que nunca se borrarían de su mente;
sin embargo, las ignoraba.
Fue una defensa que creo él mismo para no perder el control,
para no perder la cordura;
pero con eso perdió algo más importante:
su escencia.
Fue grande en su infancia;
sin embargo, el mundo lo llevó a la decadencia,
como una flor que sale de su jardín:

perdió su brillo, sus colores, su escencia…

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