Archive for 30 septiembre 2007

Yaroslav Kurbanov

 

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“Different view”


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“Vain prohibition”

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Amiina – Saw

4.-De cómo Job se desprendió de su cuerpo.

Sabía que necesitaba ayuda…
no conocía el camino, solo el fin.

Comencé con plegarias,
-¿A quién? No lo se. –
al inicio de desesperación,
después de consuelo.Fui escuchado.

-No se por quién.-
A mi paso, encontré a un hombre.

Era flaco…caquéctico,
con piel tan obscura como su mirada.
Cargaba en su vientre un tambor,
que sostenía con una correa en su espalda.
Me miró, como suelen mirarme esos seres.
Y comenzó a tocar.
Me dejé guiar.
El ritmo se apoderaba de mí,
pero en lugar de contagiar mi cuerpo con un baile,
me paralizó.
Me dijo en ese momento:
“Toco al ritmo de tu corazón”
“Para seguir tu camino necesitas desprenderte de tu cuerpo”
“Esto es lo que haz pedido y esto es lo que te daré”.

Dejó de tocar lentamente,
y de la misma manera mi corazón dejó de latir.
Era el tambor y mi centro un solo sonido que se apagaba.

Me resistí y golpee mi pecho,
La desesperación se apoderó de mi.
¿Cómo no iba a hacerlo si estaba muriendo?
Sin embargo recordé quien era y a dónde iba.
Dejé de golpear.
Dejé de pelear.
Dejé de latir.
Dejé de vivir.

Un único parpadeo, probablemente duró semanas.No importaba.
El hombre continuaba frente a mí.
Sin tambor, sin cara.
Sus manos se movían en círculos,
con un movimiento divergente creó viento,
y me arropó.

Comencé a brillar, y ese brillo tomó forma,
y comenzó a latir.

Era ahora mi espíritu el que latía.

Había dejado atrás el cuerpo que tanto me ataba,
ahora solo faltaba dejar lo más difícil:
a mí mismo.

Múm, Green grass of tunnel

3. De cómo Job tuvo un sueño

Eran tiempos donde no solo el sol iluminaba:
nosotros y la tierra también lo hacíamos.
Era un brillo que plagaba nuestros cuerpos,
de eso, ha pasado mucho tiempo…

Esa misma noche soñe.

En frente de mí apareció un árbol,
era enorme, y estaba plagado de espinas.
Su magnitud me hizo anhelar,
y por un momento pensé que era yo un sueño de él.

En la punta vi un cuervo,
que posaba sobre su rama más alta;
no se movía, no emitía ningún ruido.
Me recordaba a alguien.

Me acerqué al árbol
y delicadamente toqué una de sus espinas.
Se transformó en un clavo,
un frío, delgado y punzante metal.

Me atravesó la piel,
pero no se detuvo:
ingresó en mi cuerpo.
Traté de sacarlo,
pero la herida había desaparecido.

En ese momento desperté -nuevamente-.

Por lo menos creí hacerlo.
El árbol había desaparecido, mas no el clavo.
Lo sentí dentro de mí,
recorriendo mi brazo, lenta y dolorosamente.

Fue la primera vez que sentí dolor
desde que desperté cerca del abismo.
Me siguió, vivió conmigo,

y atestiguo junto a mí el fin del mundo.

Equilibrio

Sigur Rós – Vidrar Vel Til Loftarasa